Tierra para los indígenas

Tierra para los indígenas


Ya hemos visto cómo el territorio que ahora conforma nuestro estado se hallaba ocupado por tribus chichimecas y por unos cuantos grupos sedentarios. Algunos historiadores han tratado de calcular la población indígena a la llegada de los españoles. Podemos imaginarnos cuán difícil es calcular la población nómada que ocupaba nuestras tierras. Peter Gerhard calculó una población de 8 500 indígenas chichimecos al momento del contacto, regados en rancherías. Esta cifra hay que empezar a reducirla por el descenso de la población que se dio de inmediato a la llegada de los españoles, por causas de diversa índole: la violencia de la conquista; la guerra del Mixtón, que provocó grandes desplazamientos de población indígena; las enfermedades traídas del Viejo Mundo; la esclavitud provocada por la guerra chichimeca. Una vez firmada la paz muchos zacatecos y guachichiles se retiraron hacia las planicies norteñas.

Considerando lo anterior, encontramos que hacia finales del siglo XVI en Aguascalientes casi no quedaba población indígena. Pero sabemos que el vacío dejado por los chichimecas fue llenado poco a poco por la expansión de los grupos sedentarios de la zona, como los caxcanes, y por la llegada de población indígena del centro; tlaxcaltecas, otomíes, mexicanos. Así se fundó hacia 1604 el pueblo de San Marcos con indígenas tlaxcaltecas. Estaba tan cercano a la villa que funcionó como barrio pero contó con tierras y con gobierno propios.

Poco sabemos de cómo y cuándo se fue estableciendo la nueva población indígena, o si alguno que otro chichimeca se quedó en estas tierras. Gracias a los registros parroquiales de nacimientos, matrimonios y defunciones conocemos cómo creció paulatinamente. También en algunos registros notariales aparecen referencias, como cuando en un inventario de la hacienda de Chapultepeque de 1654 se enlistaron "cinco jacales donde viven los indios" y se señaló que la hacienda tenía "6 indios de pie con 119 pesos de deudas". En 1671 don Alonso Peguero dejó pagadas en su testamento cinco misas rezadas por los indios naturales que le sirvieron y para con los que tuvo tratos.

Los hacendados fomentaron los asentamientos indígenas en sus propiedades, facilitándoles el arriendo de tierras, contratándolos como terrazgueros, como peones o como arrimados, permitiéndoles el acceso a los bosques para fabricar carbón y acarrear leña. Durante largos años la relación establecida entre propietarios e indígenas no tuvo tropiezos. Sabemos que don Antonio Bonilla, dueño de la hacienda de Garabato, protegió a los indios de su hacienda arrendándoles tierras y fomentando su educación cristiana. Los Rincón Gallardo hicieron lo propio con los indios que estaban ranchados en sus estancias y haciendas de Charco Azul, Chichimeco, Encinillas y en Ciénega del Rincón. Don Francisco de Orozco arrendó un sitio en la Sierra Fría a un grupito de indios que se lo solicitó. Un amigable entendimiento parecía haberse establecido. Los hacendados facilitaban tierras y los indígenas brindaban su trabajo cuando las labores de campo así lo requerían. Los indios de San Marcos dedicados a cultivar sus huertas abastecían de frutas y verduras de la estación el mercado de la villa.

Algo rompió este equilibrio y una tendencia a congregarse y fundar pueblos apareció entre los indígenas. Pudo haber sido que las presiones de los hacendados por adueñarse del trabajo de los indios aumentó, o que el aumento de población empezó a provocar fricciones. La primera solicitud para fundar pueblo fue presentada el 9 de noviembre de 1682, por un grupo de 14 indios encabezados por Juan Domínguez y Domingo de la Cruz, que desde 1675 arrendaba el sitio de Martha, en el valle del Potrero, a don Francisco de Orozco. Hasta entonces habían vivido en la estancia de Garabato como indios naboríos del capitán Antonio Bonilla, pero al morir éste, el nuevo dueño los echó de sus tierras.

En el Sitio de Martha tenían ya formada congregación: la asentaron en medio de dos ríos que corrían todo el año y donde se criaba mucho pescado. Allí construyeron un pequeño oratorio y a su alrededor sus jacales de pared y paja. Eran dueños de varios chinchorros de ganado menor y trabajaban haciendo carbón que vendían en Zacatecas y Aguascalientes.

La respuesta de la Audiencia no tardó y fue positiva. Las opiniones del señor cura don Manuel Sarmientos y del alcalde mayor de Aguascalientes ayudaron: ambos consideraron que sería una lástima que una congregación así se perdiera. Eran trabajadores, virtuosos, bien educados en doctrina cristiana y no acostumbraban tomar pulque. El 1º de enero de 1683 obtuvieron permiso para fundar el pueblo que llevaría el nombre de San José de Gracia. Obtuvieron también permiso para pedir tierras, y fue entonces cuando el asunto se empezó a complicar. Las tierras que ocupaban habían sido vendidas a un rico minero de Sombrerete, don Matías López de Carrasquilla, quien no vio por qué tendría que cedérselas e inició un largo pleito ante la Audiencia que duró 25 años. Don Matías no pudo ver el fin pues murió antes, y fue al esposo de su viuda a quien le tocó transigir con los indios de San José.

El segundo pueblo de indios que se fundó fue el de Jesús María. Se formó con antiguos arrendatarios y sirvientes de la hacienda de Ciénega de Mata que tuvieron problemas con el hacendado y sus administradores. Estaban asentados en diferentes sitios de esta hacienda y, a decir del hacendado Rincón Gallardo, a causa de las dificultades empezaron a amparar vagabundaje, por lo que prefirió ofrecerles la posibilidad de fundar un pueblo, para lo cual les cedió el sitio de Juanacatique, muy cercano a la villa, desde donde las autoridades civiles y religiosas podrían vigilar la conducta de los naturales. El lº de diciembre de 1699 el alcalde mayor procedió al asentamiento de la nueva población, que llevaría por nombre Jesús María de los Dolores. El sitio que se escogió era sin duda conveniente "por ser levantado, llano y descubierto [...] como porque el agua que se les había de servir entra por sí sola por todo él y pueden aprovecharse para fundar sus casas, huertas..."

En el acto firmaron capitulando como fundadores don Juan Rodríguez de Tapia, quien dijo ser indio cacique, venido de conquistadores de los de Jilotepeque y descendiente del rey Jicotea, además de don Juan Martín de Luna y Tapia, don Marcos Rodríguez, y con la ausencia de don Marcos Saucedo, también cacique y principal, quien por añadidura llevaba el título de Capitán de Fronteras Chichimecas, pero quien no pudo asistir por estar prestando sus servicios en el puesto de Pilotos.

La fundación de Jesús María tuvo también algunas dificultades porque no todos los indios estuvieron de acuerdo en el sitio que se les concedió. Pocos meses después los inconformes intentaron fundar otro pueblo en el sitio de Bocas, y por poco lo lograban, de no ser porque los Rincón Gallardo intervinieron prestamente para evitar que los despojaran de uno de los sitios más importantes para sus ganados, por ser en él donde iban a "hijar".

El tercer y último pueblo de indios que se fundó en la alcaldía fue San José de la Isla, en 1721; éste ya no pertenece a nuestro estado, pasó a depender de Zacatecas hacia 1823, cuando se anexó a Aguascalientes Huejúcar, conocido ahora como Calvillo. Su origen es muy similar al de San José de Gracia y Jesús María: indios arrendatarios o sirvientes de la hacienda de San Pedro Piedragorda, en el distrito de Monte Grande, que vieron la conveniencia de agruparse y fundar pueblo. Los de San José de la Isla tuvieron también problemas por querer obtener el usufructo y la propiedad de parte de las tierras de la Sierra Fría, con cuyos bosques se proveían los mineros de Zacatecas. Por lo mismo, la tramitación de sus derechos y títulos tardó mucho más que en los casos anteriores; todavía en 1778 seguían reclamando ante la Audiencia sus papeles. Es muy factible que si este partido pasó a formar parte de Zacatecas fue porque los mineros de este real quisieron controlar estos bosques.

Ante las iniciativas de los indios de la jurisdicción de Aguascalientes para fundar sus pueblos, los hacendados tuvieron que ceder: por un lado porque el gobierno y el clero colonial dieron su beneplácito y muchas veces fomentaron la congregación de los indígenas, y por otro porque, necesitados del trabajo de los indios, prefirieron ceder a sus demandas que privarse de su fuerza de trabajo.


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